El Blog de TOCO MADERA

Otra dimensión

hace 1 año 10 meses

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Panteón Municipal de San Blas, Oaxaca


Recién, antes de escribir estas líneas, vi la última entrada al blog y me parece que tiene mucho tiempo. No es así, la hice el 29 de octubre, hace poco más de una semana. Sin embargo me parece lajana por todo lo que pasó y pensé en todos estos días. La razón de esto se debe a un viaje. El martes 1º de noviembre, junto con otros colaboradores de Toco Madera y la mente (y el corazón) detrás del proyecto, emprendí un viaje a Oaxaca.

Nuestro destino era San Blas, un pequeño pueblo en la zona del Itsmo de Tehuantepec, que de hecho, está separado de Santo Domingo Tehuantepec por unas solas calles y está tambien, muy cerca de Juchitán.

Fuímos en auto porque nuestra misión era grabar un documental (del que ya me extenderé en otra entrada) y sólo así podíamos transportar el equipo de grabación. Estimabamos alrededor de doce horas de camino y salimos en la madrugada, con la idea de llegar no muy tarde. Pudimos hacerlo. Tras una breve (muy breve) escala en Oaxaca, para almorzar, emprendimos la segunda parte del viaje por una carretera silenciosa y llena de curvas.

Lo primero que pensé en todas esas horas, fue en cómo he cambiado en los últimos años. Hace unos diez años amaba andar en auto, y podía manejar durante horas sin cansarme o aburrirme. Después, el tránsito de la ciudad me quitó esa afición, y luego vendí mi coche, y cada vez más me fui acostumbrando al transporte público y a grandes caminatas. El caso es que tenía mucho tiempo de no encerarrme en un auto tantas horas. Y la verdad, aún con lo sinuoso del camino (curvas como nunca había visto), y lo largo del recorrido, lo pasé muy bien.

Por supuesto, pensé en muchas cosas, en temas ineludibles por el momento: las elecciones en Estados Unidos, mis proyectos personales que siento que van por buen camino, mis crísis personales (que tambien van viento en popa, para desgracia mía), los cambios que he experimentado este año, y como cereza del pastel, la muerte.

La muerte era ineludible porque era 1º de noviembre, y porque a mi edad (42 años), ya muchas de las personas con quienes crecí, han muerto. Siempre recuerdo a mis muertos con cariño, y en su momento amé hacer ofrendas para ellos. Pero mi rutina, lo absorbente y estresante de mis actividades, el poco tiempo que paso en mi casa (que no he conseguido convertirla en hogar), me han hecho dejar esa actividad de lado.

Y curiosamente, ese era uno de los temas que ahondaríamos en el documental, la celebración de muertos en la zona. Así, camino a San Blas pensé en que terminaría siendo participe de rituales familiares de personas desconocidas, mientras que en los rituales de mi familia me he ido convirtiendo en un fantasma. Sin poder evitarlo, pensé en cuando yo forme parte de ese ritual, ya no como vivo. Muchas preguntas acudieron a mi.

¿Qué foto mía pondrá mi familia, y quién lo hará?, ¿quiénes me sobrevivirán entre mi familia y mis amigos?, ¿quiénes, de las mujeres que he amado y con quienes he compartido la vida, me considerarán parte de “sus muertos”? De igual manera, ¿qué foto mía usarán?, ¿qué alimento o bebida dejarán para mí? ¿Mezcal, ginebra, ron, cerveza?, ¿me dejarán alguno de mis libros o cómics?, ¿algún cigarro? Aclaro que ya no fumo, pero antes lo hacía, y no faltará quien me recuerde fumando. En fin. Todos algún día seremos una foto en una ofrenda.

Por la tarde, ya instalados en nuestro hotel, buscamos a las personas con quienes trabajaríamos en los días venideros, y tras haber organizado nuestras actividades, acudimos al panteón municipal de San Blas, con la idea de ver cómo se viven las visitas del día de muerto ahí.

A mi los cementerios me infunden mucho respeto, además que me conmueven en su arquitectura. Me es inevitable imaginar historias al leer los epitafios, y empatizar con ellas. Y nunca, nunca he podido no recordar que la primera vez que visité uno, fue cuando murió mi padre.

El panteón de San Blas es pequeño, modesto. Tal como el pueblo. Yo he visto pueblos con sus respectivos panteones llenos de colores, ya por las flores, las ofrendas, las velas, los sepulcros mismos. En este, todo era sencillo. Cuando llegamos la luz se extingía a una velocidad irreal y no tuve oportunidad de tomar buenas fotos. Era como estar en otra dimensión.

Charlando con los blaseños, supe que la celebración de día de muertos ahí se lleva a cabo en tres días, 31 de octubre, 1º y 2 de noviembre. El primer día lo dedican a los niños, el segundo a los jóvenes y el tercero a los viejos. Nosotros, al llegar el día 1º, acudimos al día de los jóvenes, que supongo no son muchos porque el cemneterio estaba vacío de no ser por las personas que trabajan ahí. Pensé tambien que podría ser la hora, pero en el municipio aledaño habia una verbena en el cementerio local, incluso con feria y juegos mecánicos afuera, y como mencioné antes, sólo había unas calles de diferencia.

Al día siguiente acudimos a un rosario y el levantamiento de una ofrenda para un muerto “viejo”. Pero eso lo relataré en la próxima entrada.

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