El Blog de TOCO MADERA

Sobre medida

hace 2 años 4 meses

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Zapatería Hernández, Guerrero 122 - D, colonia Guerrero.


Siempre hay una primera vez para todo. Hoy, a mis 41 años de edad, y contando, me mandé a hacer zapatos a la medida. Lo leo y no lo creo. Parece un capricho. Bueno, no lo parece: lo es. Y no me importa.
Dudé al principio, pero la labor de venta del maestro Hernández me convenció de inmediato. Y no tanto por los argumentos sesudos y contundentes que me dio. Cruzar el umbral entre la calle y su local fue suficiente. De inmedito quise ser parte de ese mundo. Recordé a mi abuelo, a mis tíos, pero principalmente a mi padre; al calzado que usaba, esas texturas y colores que ya no son comunes.
Mi padre, debo decirlo, era un exquisito, un dandy que gustaba de estar al último grito de la moda. Pero la moda de los años setenta era bastante extraña, quizá estrambótica. Yo lo recuerdo con su melena tipo Charles Bronson, sus lentes Ray Ban de piloto aviador, y esos trajes de dos piezas de manga corta, que se usaban sin corbata, o incluso sin camisa. Algunos en colores demasiado cálidos y vivos. Hubo un detalle que me ha intrigado desde que yo era niño. Siempre, o por lo menos así viene a mi memoria, usó zapatos del color de sus trajes. Si el traje era marrón, los zapatos lo eran. Si el traje era verde, su calzado era verde. Yo, un hombre de mi generación amaestrado por las marcas y la globalización, tardé años en entender que sus gustos eran demasiado exigentes para la industria. Tanto su ropa como su calzado era hecho a la medida de su cuerpo (era un hombrón de 1. 90m) y a la medida de sus extraños gustos. Claro, eran otros tiempos.
Pues bien, entrar a este taller fue viajar en el tiempo. En el aparador vi unos zapatos en piel de anguila color verde botella que me hicieron pensar en él, en mi viejo.
El maestro Hernández me recibió con amabilidad. Debo decirlo, no lo conocía. Pero el hombre, más allá de dominar su negocio y ser buen vendedor, es una persona amable, sin poses. No hubo pergunta mía que no fuera respondida a plenitud. Esto sólo pasa cuando amas tu oficio, pensé y decidí quedarme a conversar con él. Su negocio es familiar y existe desde hace 40 años, y también desde entonces tiene clientes cautivos. De hecho fui testigo de la visita de uno de ellos, quien me presumió tener más de cuarenta pares de zapatos hechos ahí mismo, manufacturados a partir de su propia horma.
Y en efecto, el lugar tiene las hormas de sus clientes. Ninguna característica ergonómica queda fuera de ese molde perfecto. Yo nunca he tenido nada a la medida, si acaso los trajes que usaba antes, aunque debo decir que sólo recibían un par de ajustes en el dobladillo o el tiro. Nunca he sido un exquisito.
Sin embargo, mientras me mostraba los distintos modelos, uno llamó mi atención: unos zapatos negros, de ante y charol. Yo, un Generación X educado por el grunge, los cómics y las películas de terror, habituado a las botas Dr. Martens y los tenis Adidas y Vans, experimenté amor a primera vista por unos zapatos elegantes, cortados y cosidos a mano, con el equilibrio perfecto entre elegancia y rudeza. El precio no me importó. Y debería, porque vivo al día del año pasado.
El primer paso fue descalzarme para que me tomaran medidas de los pies. Una experiencia nueva para mi, que en toda mi vida había recibido una sóla pregunta en la zapatería: “¿de qué número calza?”.
Esta vez fue distinto. Todas las partes ,de cada una de mis extremidades inferiores, fueron medidas a detalle: el talón, el empeine, el metatarso y los ortejos (ortejo es el nombre correcto de los dedos de los pies, eso lo supe cuando, descalzo, me di un golpe terrible con la esquina de un mueble en la madrugada, el ortopedista me revisó a la mañana siguiente y anotó en mi expediente: fractura del ortejo exterior derecho). También se me consultó de mi peso y mis hábitos, incluso sobre mi familia. Puede ver que en la hoja donde trazó mi plantilla, el maestro Hernández anotó: disposición a la diabetes. Cerrado el trato, me recomendó cuidarme. Aún me quedé buen tiempo conversando con él y su cliente. Sólo faltaba poner musica y tomar café. O incluso un trago. Así de agradable fue la experiencia.
La última vez que me sentí tan importante al comprar calzado, fue cuando era niño y me regalaban paletas después que mi mamá pagaba en la caja. Mis favoritas eran las rojas.

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